Jesús el grande en el Reino y nosotros los pequeños

Jesús habla en algunas ocasiones sobre los pequeños que creen en él: nosotros. Es más que claro que, entonces, el grande en el Reino de los cielos es él. Siendo Dios es insuperable, y siento decir lo obvio para muchos, es el Rey del Reino, pero a algunos lectores les será necesario.

Juan el Bautista es de todos el más pequeño en el Reino de los Cielos, pues Jesús lo deja claramente expresado en uno de los Evangelios. Sin embargo, me sorprende muchísimo como Jesús, siendo y sabiéndose el más grande en el Reino se hace bautizar por Juan el Bautista, sabiéndolo el más pequeño del Reino. Sabiendo que un día Juan iba a poner en duda su mesiazgo, y por ende sus insuperables cualidades como Rey ungido y como Dios mismo, Dios el Padre le ordena a Jesús hacerse bautizar por Juan. Y esta no es la reflexión “anti-Juan”, sino una exaltación a un valor de Dios que muchos de seguro no conocemos bien o no conocemos en absoluto.

La sabiduría de Dios es grandiosa. Y la humildad de Dios es igualmente grandiosa. No le importa o no le afecta, o “no le hace mella” a Dios que sea precisamente el más pequeño de su Reino el que lo bautice en agua, y entonces hacerle ese reconocimiento precisamente a Juan.

Por eso tenemos algunas cosas más que aprender de Dios aquí: Una de ellas es que nosotros podremos ser muy pequeños en el Reino de los Cielos, pero podemos tener algo que Dios mismo está dispuesto a recibir en cuanto a religión, o sea un servicio, aunque existan personas que como los fariseos no se hicieran bautizar por Juan, y no estarán dispuestas a aceptar que tenemos un buen servicio que ellos incluso pueden necesitar, pero que son incapaces de reconocerlo, y por tanto, Dios no es glorificado por ellos en ese servicio que Él, fuente de todo bien, ha puesto en nuestras manos, por lo que no es glorificado todo lo que se debe. Es una forma más en la que las ciertas personas, o bien, no muestran la debida reverencia a Dios, o bien no muestran ninguna.

Otra cosa que podemos aprender de Dios es que somos todos pequeños y el Dios trino es el grande, aunque unos tengamos unos dones y otros poseamos otros. Y aun así la Santa Trinidad se deja servir por los pequeños cuando lo servimos en nuestro prójimo, o más bien cuando nos concede servirlo en el prójimo.

La otra es aprender a que nunca nos dejemos arrastrar por la soberbia, ese pecado capital en el que incurrían constantemente aquellos líderes de Israel (en el tiempo de vida terrenal de Jesucristo) de rechazar constantemente a sus prójimos, de ofender llamándolos hijos de fornicación o gente maldita que no sabe la ley, de expulsar a sus prójimos de las sinagogas aunque no fuera justo, de rechazar servicios como el de San Juan Bautista, y de rechazar al mismo Dios al rechazar a su Hijo Jesucristo hasta el punto de llamarlo endemoniado y entregarlo a la muerte.

Posee un valor el Rey de ese Reino al que deseamos entrar: la humildad, un valor perdido en la mayoría de los casos humanos que conocemos y en otros casos que podríamos llamar peores que los anteriores, un valor trastornado para mal y fingido. Un valor por el que necesitamos rezar con todo el corazón.

Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de los Tronos, infunde en nuestro interior el espíritu de la verdadera humildad. Amén.

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