HIJAS DE LA CARIDAD EN GÜIRA DE MELENA: UNA SEMILLA DE AMOR

HIJAS DE LA CARIDAD EN GÜIRA DE MELENA:

UNA SEMILLA DE AMOR

La expresión de nuestros rostros al recordarlas, el acento de nuestras voces al mencionarlas, son el más puro testimonio de su obra. Una obra callada y humilde, y sin embargo trascendente. Ellas permanecen en la ternura con que tratamos a nuestros padres ancianos, en la responsabilidad con que enfrentamos la educación de nuestros hijos, nuestra labor profesional y hasta la limpieza y el orden de nuestros hogares.

Ellas están presentes en cada uno de nuestros pequeños o grandes éxitos porque nos prepararon para la lucha de cada día con armas invisibles pero indispensables como son la paciencia y el amor.

Ellas supieron sembrar con mano sabia en nuestros corazones el tesoro de una Fe inquebrantable que ha sobrevivido a múltiples dificultades y nos ha sostenido firmemente en momentos de desventura.

Ellas se entregaron por entero a nosotras: fueron amigas de nuestros padres, hermanas y consejeras de nuestras madres, madres ellas a su vez en las obligaciones y no en los privilegios y satisfacciones que conlleva la maternidad.

Quizás un día nos pareció exagerado su rigor, pero al correr de los años comprendimos con exactitud el inmenso valor de este atributo en la educación de un ser humano.

Hoy, la palabra gratitud no nos parece suficiente. Sor Eleuteria, Sor Elisa, Sor Esther, Sor Anatolia, Sor Guadalupe, Sor Rosalía, Sor Caridad, Sor Carmen, Sor Juana, Sor Ana María, Sor Margarita, Sor Delia, y otros muchos no son simples nombres en la lista de hermanas que pasaron por el colegio “Sagrado Corazón” de Güira de Melena. Todas ellas son presencia viva en nuestras vidas. Todas son ejemplo del amor de Cristo entre nosotros.

Alguien dijo: “Cada hombre es un tren que lleva en sí a todos sus antepasados”. Y yo añadiría: “Y a sus maestros”.

Quienes fuimos alumnas del colegio “Sagrado Corazón” tuvimos el privilegio de pasar por sus manos, la suerte de tener verdaderas maestras, que no nos transmitieron fríamente sus conocimientos sino que pusieron sumo cuidado en despertar nuestra sensibilidad, nuestra espiritualidad, nuestra responsabilidad y nuestro gusto por la belleza y la sencillez.

Ellas fueron artífices generosas que, en silencio, forjaron nuestro carácter y nos inculcaron valores éticos y morales imprescindibles.

Detrás de cada uno de nuestros éxitos están esas enseñanzas. Detrás de cada uno de nuestros errores y fracasos está la desobediencia a ellas.

Construyeron para nosotras un mundo de hermosas realidades y delicadezas. Nos llevaron a conocer el amor de Dios por un camino de alegrías, a fuerza de inteligencia, sacrificios y tesón. Sorteando dificultades económicasconvirtieron cada Fin deCurso, cada Navidad, cada Día de lasMadres, cada mes de Mayo, cada día de Primera Comunión y cada domingo en algo digno de ser recordado. En algo imborrable que embellece aún nuestra existencia.

Me pregunto a menudo quien de nosotras no las ha echado de menos en todos estos años. ¿Quién no ha necesitado un sabio consejo, un gesto de piedad de sus manos, una buena reprimenda alertadora, su apoyo o simplemente su compañía serena en un momento de dolor o de alegría? ¿Quién, de aquellas que fueron sus alumnas, no necesitaría que estuvieran allí, aunque sólo fuera para ir a presentarle a sus hijos o a sus nietos y pedirlepara ellos su bendición? ¿Quién de nosotras no necesitaría de su comprensión, perdón, orientación o consuelo?

Gratitud no es la palabra que su recuerdo merece. La palabra es: compromiso.

Compromiso definitivo de propagar la Fe que ellas nos inculcaron.

No basta que permanezcan vivas en nuestro corazón. Es preciso que su obra y sus enseñanzas sean imperecederas, y eso solo será posible si las transmitimos a los demás.

Los recuerdos de nuestra infancia en la Fe son de lo más hermoso que guardamos en nuestros corazones. No privemos por negligencia, a nuestras jóvenes generaciones, de ese tesoro. Ahí están ellos esperando la primera palabra. Sino hemos hecho todo lo posible, aún estamos a tiempo de enmendar esos errores, y de lograr que germine y de nuevo dé frutos, aquella inolvidable semilla de amor, que trajeron a Güira de Melena las “Hijas de la Caridad”.

 

Autora: Idalmis García y Lino

Arquitecta.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*