Muchas veces sucede que nos olvidamos de la realidad de que Dios no desea cobardes en su Reino, y que allí no entrarán. El domingo leíamos una lectura que decía «no temas a tu enemigo, porque sino yo te meteré miedo de él», y eso es precisamente lo que necesitamos: no temer, hacer de la valentía nuestro valor incorporado a la fe. Así como en este lunes leíamos un salmo que decía «Sean fuertes y valientes de corazón, ustedes que esperan en el Señor», pues no es que Dios nos introduzca el miedo, sino que permite que Satán nos lo infunda cuando miramos más los atemorizantes problemas que las brillantes soluciones que nos brinda a cada paso el Espíritu Santo, nuestra verdad.
En el camino del Señor Jesús muchos de nosotros nos encontramos con sucesos, personas, situaciones y hasta carteles que nos tratan de infundir miedo, para convencernos sutilmente de que no oremos sin cesar, no hablemos del Evangelio, no tratemos de santificarnos, ni siquiera que hagamos buenas obras a otros, y en cambio nos llenemos del mal espíritu del temor.
Me disgusta un poco citar los ejemplos, pero a veces se hace necesario, de personas que violan el primer mandamiento, practicando la santería y el espiritismo, adorando a los dioses de África, incluso dentro de nuestros templos cristianos y en presencia del Santísimo, identificándolos con nuestras imágenes de hermanos y hermanas, los santos que vivieron en este mundo. Muchos de ellos se hacen eco hasta con carteles proclamando esas falsas deidades, que cuando uno va pasando los lee, y recuerda el temor que puede infundir todo y hasta eso: la malsana sensación de saber que existen los malos deseos hacia otros hasta el punto de traducirse en brujerías o hechizos. Hay muchos otros ejemplos, como los abusos de autoridad y en fin las injusticias de todo tipo, y también nos infunden temor.
Olvidamos incluso que cuando Dios castiga en esta tierra toda injusticia, siempre lo hace con misericordia, pero no por eso se retrae de castigar, y eso es una razón adicional de por qué no debemos temer a los que matan el cuerpo y después nada más pueden hacer, porque aunque con misericordia, Dios los puede castigar en su justicia. Hagamos el bien y confiemosle a Dios todo, y tengamos presente esta palabra del Señor que nos dice «no al miedo».





FIDES
No te resignes antes de perder
definitiva, irrevocablemente,
la batalla que libras. Lucha erguido
y sin contar las enemigas huestes.
¡Mientras veas resquicios de esperanza,
no te rindas! La suerte
gusta de acumular los imposibles
para vencerlos en conjunto, siempre,
con el fatal y misterioso golpe
de su maza de Hércules.
¿Sabes tú si el instante
en que, ya fatigado, desesperes,
es justo aquel que a la definitiva
realización de tu ideal precede?
Quien alienta una fe tenaz, el hado
más torvo compromete
en su favor. El sino a la fe sólo
es vulnerable y resistir no puede.
La fe otorga el divino privilegio
de la CASUALIDAD, a quien la tiene
en grado heroico.
Cuando las tinieblas
y los espectros y los trasgos lleguen
a inspirarte pavor, ¡cierra los ojos,
embraza tu fe toda, y arremete!
¡Verás cómo los monstruos más horribles,
al embestirlos tú, se desvanecen!
Cuanto se opone a los designios puros
del hombre, es irreal; tan sólo tiene
la imaginaria vida
que le dan nuestro miedo y nuestra fiebre.
Dios quiso en su bondad que los obstáculos
para aguzar las armas nos sirviesen;
quiso que el imposible
estuviera no más para vencerle,
como está la barrera en los hipódromos,
a fin de que la salten los corceles.
Búrlate, pues, de cuanto en el camino
tu altivo impulso detener pretende.
¡No cedas ni a los hombres ni a los ángeles!
(Con un ángel luchó Jacob, inerme,
por el espacio entero de una noche,
… y el ángel le bendijo, complaciéndose
en la suprema audacia del mancebo,
a quien llamó Israel, porque era FUERTE
CONTRA Dios…)
¡Ama mucho: el que ama embota
hasta los aguijones de la muerte!
Que tu fe trace un círculo de fuego
entre tu alma y los monstruos que la cerquen,
y si es mucho el horror de los fantasmas
que ves, cierra los ojos, y arremete!
Amado Nervo