El hecho de que María es inmaculada y de que su corazón es inmaculado implica que ella, muy por el contrato de la idea que mucha gente tiene, reconoce con todo su ser que su Creador, su Padre, su Hijo, es quien le ha concedido tener tal corazón y tal gracia. Es erróneo el pensamiento protestante común de que esto es más exaltación de María que exaltación de Dios, y es un error pensar que la fe católica es precisamente una idolatría que tenemos con la Madre inmaculada. Sería un pecado nuestro asumir que María no reconoce la Fuente Divina, externa a ella, de las bendiciones que posee. Y sería pecado de ella si en realidad ella no lo reconociera, por lo que daría al traste con la idea de que fuese inmaculada. Pero gracias a que es inmaculada, es consciente y predicadora ferviente de la divina Fuente y origen, nuestro Señor, tal como nos lo narra San Lucas cuando relata las palabras de ella en el Magnificat: mi alma alaba AL SEÑOR y mi espíritu se regocija en Dios MI SALVADOR. Si ella no reconociera que el Señor es quien la salva y no ella a sí misma, ella no sería inmaculada ni salva. En cambio vemos que ella sí lo hace, y no deja de hacerlo. La Biblia no relata ningún error de ella y eso es curioso: habla poco y lo poco que dice de ella es muy bueno: humilde, buena, compasiva, creyente sincera a pesar de su pobreza, y hecha digna de ser la madre del Hijo de Dios, del Dios con nosotros. Pero todo lo bueno lo recibió de Dios, que es un común denominador de todos nosotros, solo que la diferencia de nosotros y ella estriba en que ella recibió muchas más y mayores bendiciones de Dios, las que jamás soñaremos tener: no haber pecado nunca.




