No todo lo que parece es.
Muchas veces me preguntaba por qué Dios, después que me casé, permitió que en la Iglesia católica y apostólica se me negara el acceso físico a la sagrada Eucaristía. Me preguntaba por qué esa humillación, al menos eso me parecía a mí: una humillación. Cuando el párroco de mi comunidad me dijo que yo no iba a ser admitido en la preparación catequística para ese elevado sacramento y que lo único que podría hacer si yo quisiera era insertarme en la catequesis de adultos de mi comunidad, algunas personas que nos vieron a mí y a mi esposa en esa clase nos dijeron:”eh…y ustedes ¿volvieron a preescolar?”. De más está hablar de la incomodidad propia de escuchar esas expresiones.
Es interesante notar que el párroco anterior al actual tampoco nos admitió en la clase del santo matrimonio. Sin embargo, como mi esposa vive en otro pueblo, el sacerdote de esa otra comunidad era otro y conversamos con él y este sí nos admitió. La gracia de Dios estaba tratando de darse a conocer a nuestra pareja como autora divina de nuestra bella unión, muy a pesar de que pudiera parecer un preescolar, y casi nos susurraba al oído:”lo que parece preescolar es en realidad una enseñanza de nivel superior.”
Podríamos parecer los más pecadores excomulgados, y sin embargo, éramos los que Dios sostiene en la santidad, muy a pesar de que mi última comunión eucarística fue hace más de un año.
Quizás lo que muchos católicos ignoran sobre la eucaristía Santísima es que tiene la propiedad de santificar poderosamente aún más allá de fechas y tiempos. Es Cristo nuestro Dios y no es posible que sea poca cosa al entrar corporalmente a nuestras bocas y a nuestros cuerpos. Más bien, mucho tiempo después de hacerlo sigue bendiciendo y santificando el alma receptora.
Y finalmente, la santa Biblia nos volvió a hablar de la gracia, ese favor divino que se nos da del cielo imposible de alcanzar con esfuerzos humanos meramente.
Por eso llegué a la hermosa conclusión de que tanto la catequesis de matrimonio como el santo matrimonio en sí mismo y la sagrada eucaristía en un grado infinitamente superior son todos expresiones o manifestaciones de la gloriosa gracia de Dios nuestro Señor. Ya no me esfuerzo sino en confiar y bien obrar y todo es don de Dios. Recibiré esas gracias del cielo cuando Dios lo estime más adecuado. En definitiva, no se debe creer que por meros esfuerzos se logra adquirir algo tan sagrado, y menos protestando contra la disposición de las autoridades de la Iglesia. Algo siempre da el Dios cuyo nombre inefable es MISERICORDIA.



